“cualquier hecho de la vida, por mínimo que sea, debe ser vivido hasta sus últimas consecuencias”
¡Déjeme hablar! Si la muerte, señor fuera como uno de esos insectos extraños, repugnantes, que a veces descubre uno encima de sí… Va usted por la calle; un transeúnte lo para de improviso, y, con cautela, con los dedos extendidos, le dice: «¿Me permite, caballero? Lleva usted la muerte encima.» Y, con aquellos dos dedos extendidos, la pilla y la arroja…
¡Sería magnífico! Pero la muerte no es como esos insectos repugnantes. ¡Cuántos que están paseándose, tan alegres y confiados, quizá la llevan encima! Nadie la ve; y ellos están tranquilamente haciendo proyectos para mañana o pasado mañana. Ahora, yo … ¡Mire, caballero!, venga usted aquí …, aquí, junto a esta luz…, venga… Voy a enseñarle una cosa… Mire aquí, debajo de mi bigote… ¿Ve usted esta acerola violácea? ¿Sabe cómo se llama esto? ¡Ah! Tiene un nombre dulcísimo…, más dulce que un caramelo: epitelioma, se llama. Pronuncie la palabra, y sentirá su dulzura: epitelioma…; la muerte, ¿comprende?, ha pasado. Me ha puesto esta flor en la boca, y me ha dicho: «Tenla, querido: volveré a pasar dentro de ocho o diez meses.»
Ahora, dígame usted si con esta flor en la boca, puedo estarme en casa tranquilo y quieto, como quisiera aquella desgraciada. Yo le grito: «¿Ah, sí? ¿Quieres que te dé un beso?» «¡Sí, bésame!» Pero, ¿no sabe usted lo que hizo la semana pasada? Con un alfiler se arañó aquí, en el labio; luego me agarró la cabeza y quería besarme… besarme en la boca…. porque dice que quiere morirse conmigo. Está loca.
¡Yo no me estoy en casa! ¡Quiero estar detrás de los escaparates de las tiendas, yo, para admirar la habilidad de los dependientes! Porque…, usted comprenderá…, si en un momento siento el vacío dentro de mí… Puedo también matar, como el que no hace nada, toda la vida de uno que no conozco… ; sacar el revólver y matar a uno que, como usted, haya tenido la desgracia perder el tren… No, no; no tenga miedo caballero: ¡es una broma! Me voy. Me mataré yo, si acaso… Pero…, ¡en esta época hay unos duraznos tan ricos…! ¿Cómo los come usted? Con toda la boca, ¿verdad? Se abren por la mitad; se oprimen con los dedos…, como labios jugosos…, ¡ah, qué delicia! Mis respetos a su distinguida esposa y a sus hijas, que están de veraneo. Me las imagino vestidas de blanco o de azul celeste, en un hermoso prado, a la sombra…
Y mañana, al llegar, me hará usted un pequeño favor: me figuro que el pueblo estará cerquita de la estación; al amanecer, puede usted hacer el caminito a pie. La primera mata de hierba que vea usted en el borde… Cuente usted por mí los tallos que tiene. Tantos tallos tenga tantos días me quedan de vida. Pero elija usted una mata muy espesa, por favor.
Buenas noches caballero.