- “Sos vos, Socorro, sos vos.” Mi historia es sencilla. Somos tres hermanas, pero hace tiempo que dejamos de ser una familia. Espero que no les moleste, que los trate así. Digo, como público. Es provisorio. Si quieren les cuento…
Somos tres. Pero, una sabemos, es adoptada. Nacimos trillizas pero una de nosotras murió en el parto. Mamá estaba desconsolada, y no podía disfrutar de ninguna de nosotras sabiendo que siempre le faltaría una, no importaba cuál. Así que inició los trámites de adopción todavía desde la clínica. Había sido un parto muy difícil. Todo esto contado por papá, que también tuvo lo suyo. Mejor no tocar el tema. Así es que a los pocos días, éramos de nuevo tres bebas, en casa. Mamá y su marido tomaron la decisión y fueron inflexibles, adamantinos: nunca dijeron quién era la adoptada. Y nos quisieron a las tres por igual. Con un amor que apenas podría haber alcanzado para una sola.
Nos llamaron María Socorro, María Brujas y maría Axila. Yo soy Socorro, pero no tengo pruebas para decir que sea la primera. O la legítima. María Axila ha estudiado un poco de todo, y siempre fue muy buena en lo que se propuso. Así que teniendo en cuenta la vulgaridad de papá y mamá nosotras dos siempre sospechamos de ella. Ahora mismo tiene un programa de televisión. Enseña fonética, filología comparada, esas cosas.
Si serás hija de puta. No hay necesidad de que hables, y si no fuera por las estúpidas circunstancias… de las que me acabo de enterar… no te llamaría nunca más en mi vida. Sigo pensando que sos una perfecta idiota. Ni siquiera recuerdo tu número, y recién, para llamarte tuve que dar vuelta toda la casa para encontrar una agenda del 92 donde tenía anotado tu teléfono. Pensé que lo había tirado. A mí no me importa. Escuchá bien, porque es lo único que te voy a decir: parece que mamá agoniza, de una extraña enfermedad incurable. Que se transmite de madres a hijas. Legítimas, claro está. Hay que empezar a hacer quimioterapia, en caso que… digo, dos de nosotras. Así que sólo se va a salvar una, dijeron los médicos. Mamá y papá dicen que no se acuerdan quién era. Dice que después de tantos años. Ya lo sé. Cuenta una historia inverosímil de cómo quemaron las partidas de nacimiento. En la sopera de loza de la abuela, ésa que seguían guardando con las manijas rotas, que, ahora me vengo a enterar, se desprendieron en el fulgor de las llamas. No, la clínica ya no existe, se quemó en el setenta. No seas estúpida, claro que no fueron papá y mamá. Que quieren vernos. Que quizás si nos ven mamá se acuerde. Y que es cuestión de vida o muerte. Cuanto antes. Así que si querés ir me llamás y te doy la dirección. Me llamás y te la doy. Es así. Vas a tener que llamarme. Ah, no, yo no pienso ir a esa maldita clínica. Te lo estoy diciendo sólo porque Armando me pidió, y te aclaro que le dije que no iba a hacerlo. ¡Como quieras!
Entonces escucha bien: le vas a decir a ese hijo de una gran puta que se meta sus advertencias endocrinológicas en el culo, de la misma manera que le sugerí que hiciera cuando se apareció esa tarde después del colegio, me llevó aparte, donde nadie podía verlo y me dijo al oído: “Sos vos Socorro, sos vos”. Yo me acuerdo perfectamente. Ustedes comían helado, me acuerdo, yo las veía a la distancia, vestidas de lo mismo, el sol me nublaba los ojos, y eran dos puntos idénticos que chupaban helado, y a mi se me derretía el sambayón sobre el jumper. Y que por mí, se pueden morir, mamá, él y todas ustedes. ¿Me oíste…? ¿Hola?
Y la otra también. Idiota. Solo espero que se muera antes que nosotras dos, y que tenga un velorio sofisticado, y que el entierro sea un desfile de capelinas, y que sea lejos, y que llueva y que haya barro y que nadie llore por vos.
Sí, todo esto último son imágenes, imágenes generadoras de posibilidades. Soy escritora, bastante buena, ahora soy best seller. Entonces utilizo la irritación que siempre me provoca mi hermana, no se si es mi hermana…esa inútil. No puede dejar de molestarme, de la misma manera que no puede dejar el cigarrillo. Yo soy fóbica al cigarrillo. Cuando María prende uno hace exactamente veintisiete movimientos inútiles de lucimiento personal. Llamo lucimiento personal a que por ejemplo: entrecierra los ojos, casi como si sedujera a un chancho al borde del tejado para que no se arroje. Se acaricia a penas el mentón con el canto del pulgar de la mano que sostiene el cigarrillo, como si pensara algo, algo que evidentemente no ocurre nunca. La mano que sostiene el encendedor juguetea apenas con él como si arremangara a un miembro masculino firme y erecto, dispuesta a regar de placer. Frunce el ceño, acompañando la llama, como si se reprodujera un temor primitivo, como si fuera una estúpida hembra en la caverna viendo caer el rayo que acaba con el bosque de sequoias.
Odio ver fumar.
Y ni siquiera tengo la dirección de la clínica. Tampoco sé si es mi madre. Por no hablar de él. Voy a prepararme algo de cenar.